Dícese del lugar acondicionado para la práctica de ejercicio, eso es lo que dice el Diccionario de la RAE. Hasta aquí todo normal, pero por muchos años que hayan pasado desde que me apunté al gimnasio, aún no se me olvidará el acojonamiento muscular que sufrió hasta el último centímetro de mi cuerpo.

Tenía yo 17 años, cuando convencido por un colega de la tierna infancia me apunté al gimnasio del barrio. Yo que siempre he sido el campeón de Europa en la dura competición de zampabollos en el recreo del Instituto y de los bocadillos de morcilla en las fiestas de mi pueblo, veía con buenos ojos el hacer un poco de ejercicio para convertir esa fuerza centrífuga acumulada en tonelajes de grasas saturadas en puro músculo estético.

Pero cosas de la edad, empezamos mal en el gimnasio. Primero nunca te apuntes en diciembre. Es pagar un mes entero por medio mes útil. Entre fiestas, exámenes (por aquellas edades) y partidos del Madrid uno pasaba más tiempo en casa que en el gimnasio. Craso error, pero de la experiencia se aprende.

Al principio yo estaba más perdido que un piojo en una calva. Lo único que entendía era la bicicleta, y porque salían unos muñequitos muy cachondos, que según corrías se iban moviendo, era algo así como un juego de ordenador de ciclismo, en el que los mandos eran los pedales. Estaba bien aquella paja mental, al menos entretenía.

Recuerdo que tras media hora en la bicicleta a un nivel medio, salía de ella y tenia las piernas como Robocop. No las sentía, la sangre fluía con más vigor que un coito de Mike Tyson, y parecía que llevaba cuarto y mitad de cemento en cada una. Y es que el Popo estaba muy cascado.

Después de los estiramientos, uno empezaba con la empanda. Un montón de putas máquinas comandadas por Skynet para jodernos a los humanos, y lo peor es que no había ningún John Connor para salir en nuestra ayuda. Había que andar con más tacto que un ciego en una orgía, porque para poner las pesas adecuadas en el aparato que ibas a usar, tenían unos mecanismos bastante rudos, y uno tardaba más en poner las pesas en la máquina que en hacer el ejercicio en si.

Así pasaron amistosamente los 3 primeros días. Al 4º y último día de Popogimnasio, en el que casi tuve mi primera relación sexual, dejé para los musculitos aquel rollo de gimnasio, y me dediqué a seguir zampando bollos y a tumbarme en mi amado sofá. Y es que, no era para menos. Después de hacer los ejercicios típicos, pues entré para el vestuario. Allí estaba mi colega preparándose para ir y yo me estaba preparando para la ducha. Las duchas eran bastante limpias, y bueno, no estaban mal.

De esto que me voy con el reloj a la ducha, y por no volver al vestuario, pues se me ocurrió la feliz idea de dejar el reloj justo en el plato, el reloj era resistente al agua, pero por no estar incomodo con el, pues lo dejé en el suelo, en el plato, entre los pies, vamos!!.

De esto que me estoy popoenjabonando, y entra alguien a las duchas. Espacio había bastante, ya que antes estaba yo solo, pero el pavo se pone a ducharse en la ducha contigua a la mía... fale. El tío, era un pequeño kingkonito. Solamente mediría unos 2 metros, era como dos armarios empotrados, y en lugar de minga tenia un salchichón de los que cura el Tío Lucio en el pueblo.

Hasta aquí, pues bueeeno, vale, igual era su ducha preferida, siempre se ducha allí, y no se iba a cortar porque yo estuviese a su lado. Lo malo fue cuando me empieza a mirar de arriba a abajo, y me empieza a sonreir. Me cago en los santos del cielo, si veis el acojone que cogí no os lo creéis. El agarrotamiento de mis piernas sufrido por la bicicleta fue canijo al comparado con el de la mirada de ese pavo. Parecía que me habían metido en un ataúd y me habían embalsamado. Jooder! no podía mover ni un mondongo. El tio repitió la acción un par de veces, hasta que se giró 90º y se puso enfrente a mi.

La gran jodienda fue cuando recordé que mi puto reloj estaba en el suelo. Por los clavos de Cristo. El culo se me cerró como un erizo en peligro de extinción. Estaba viendo que era coger el poporeloj, y el tío cabrón me ponía mirando a Roma. Que momentos de angustia!! joder... joder que mal!!

Menos mal que las piernas me respondieron, y en una posición vertical totalmente, me agache con mi culo apuntando para otro lado (él estaba con el OBUS preparado) cogí el reloj y salí de allí cagando leches. Yo no había visto botar más alto a mis pelotas, ni siquiera cuando de pequeño me llevaban a los colchones saltarines esos que ponen en ferias. El culo lo tuve agarrotado unos tres meses, el pobre no quería abrirse ni para ventilar... que mal, que odisea, que terrible experiencia.

Desde aquel día no volví al gimnasio. Más que por la terrible experiencia de mi amigo Kingkonito, es porque la puerta de las duchas se abría hacia dentro, y yo con el pavor acumulado en mi esfínter, conseguí abrirla hacia afuera, y no me apetecía pagar la factura de la puerta.

Espero que hayáis aprendido algo, más vale estar en casa comiendo, tumbado o dándole a la Play, que no perdiendo tiempo y dinero en un gimnasio.

Un saludo, de Popo y su virgen culo :-)