Roberto España, o Rob como le llamaban sus amigos, siempre fue un chico peculiar. Se puede decir que todos somos especiales a ojos propios, pero Rob era un poquito más especial que el resto.

Su infancia transcurrió con penas y con glorias. Su familia le quería como a nadie, y era una persona bastante feliz con sus padres. A pesar de la humildad en la que creció, nunca le falto nada y no tuvo para nada lo que se dice una difícil infancia familiar.

Sin embargo chocaba bastante como en el colegio era el patito feo. Quizás que pesase el doble que sus compañeros midiendo lo mismo fuese suficiente razón para recibir diariamente las burlas y sornas de sus compañeros y compañeras de clase, y es que ya se sabe, que los niños a esas edades son muy crueles.

A pesar de ser un chico con una capacidad intelectual increíble, Roberto decidió no cultivarse, e incluso en el colegio aprobaba las asignaturas de una manera bastante justa, lo que hacía que los profesores tampoco le tuviesen en mucha estima. No fueron tiempos fáciles para Rob, que vivió en el colegio sus peores años, a pesar de que su carisma, su cariño por los demás y su inteligencia, jugasen a priori una baza muy importante para triunfar en el colegio y con los compañeros

De todas formas, cuando llegaba el verano Rob se juntaba con los amigos del barrio, que aunque no eran ni mucho menos parecidos a él en cuanto a forma de ser, si que formaban un grupo muy sano y disfrutaban bastante durante los 3 meses de vacaciones. 3 Meses para coger fuerzas y aguantar los 9 de clase, con profesores y compañeros incluidos.

De todos es sabido, que cuando se toca fondo, uno coge impulso y se empieza a salir hacia delante. Quizás la situación no era tan alarmante y Rob tampoco estaba tan mal, pero si que cogió impulso con su paso al instituto.

Dicen también que la motivación y la mentalidad lo es casi todo, y Rob empezó el instituto bastante motivado, puesto que todo serían compañeros nuevos y por fin dejaría de ver a sus odiosos compañeros de la escuela.

Con 14 años, cuando empezó el instituto fue la primera vez que Rob se acercó a una chica. No es que pasase nada especial, ni tan siquiera un beso, pero el hecho de no sentirse rechazado ni discriminado ya era suficiente premio para él. Pasó 2 años muy buenos, donde conoció a Carlos y Ernesto, dos de sus mejores amigos en la actualidad, y empezó a despuntar su potencial intelectual.

La vida empezaba a sonreirle a Rob. Atrás quedaron oscuros años de discriminaciones y vejaciones en el colegio, de malas notas y noches enteras sin dormir, donde las únicas alegrías que recibía era de su consola de juegos, de su familia, y de su Dream Team de Cruyff, que le animaba poco a poco con esas 4 ligas seguidas; para pasar a disfrutar de la vida, vivir su propia vida y estar contento consigo mismo, no con Stoitchkov o Mario Bross.

La tele y la consola pasaron a un segundo plano para Rob. Ahora lo que llenaba su vida era el pasar el tiempo con la gente a la que quería y apreciaba. Se empezó a interesar por las chicas, por salir con sus amigos y por disfrutar un poquito más de la vida.

Los dos siguientes años de instituto, donde Rob tenía que elegir ya su verdadera vocación, pasaron también de la mejor forma posible: buenas notas, miles de historias con sus amigos, un cuaderno entero llenas de frases chorras de los profesores y todas esas cosas que hacen que uno vaya, no solo sin dolor de estómago a clase, sino hasta deseando de que llegase el día siguiente para volver a ver a los compañeros y preparar alguna.

También extrañamente venció su timidez, y empezó a fraguarse lo que es Rob hoy en día. Piropos, bellas frases a bellas jóvenes, y un sin fin de recursos desplegó Rob para cautivar a una chica que le llamó bastante la atención, Mónica. Pero al bueno de Rob siempre le faltó culminar lo que empezaba. Casi siempre lo difícil es dar el primer paso y vencer la timidez; sin embargo a Rob lo que más miedo le daba era concretar el tema, se podía decir que tenía miedo a ser feliz, así que Rob y Mónica solo vivieron una buena relación de amistad, nunca llegaron a nada más.

A pesar de verlo como un lastre, Rob todo lo veía por el lado bueno, y es que recordando el pasado, el no haber salido con una chica por miedo a que dijese “sí” era todo un triunfo. Después de aquello, y de perder a su amigo Carlos (se fue a vivir al extranjero) Rob era consciente de que necesitaba un cambio. Como buen matemático, Rob creía bastante en la teoría del caos, y cuando las cosas dejaban de convivir en armonía, y había una revolución, lo mejor era abandonar y empezar de nuevo en otro sitio.

Cuando acabó el instituto Rob empezó sus estudios de matemáticas en la Universidad. Si el cambio del colegio al instituto había sido bueno, éste cambio a la universidad había sido mucho mejor. En seguida hizo amistad con un grupo de amigos con los que pasó momentos inolvidables: Jorge, Antonio y Tximo.

Con los tres compartía la pasión por las matemáticas, las mujeres y los bolos. El tiempo que no lo pasaban juntos en clase, lo pasaban haciendo competiciones en la bolera o yendo a alternar por las noches, a parte de disfrutar de cenas de amigos y películas en el cine, dado que todos eran muy cinéfilos.

Un día de verano, antes de empezar el último curso universitario, al bueno de Rob le pasó una cosa inesperada. Era una tarde calurosa y no había mejor pasatiempo que ir a la bolera, a disfrutar de una buena partida de bolos, una coca cola y del aire acondicionado que allí había. Se puso a jugar solo, a entrenar para intentar quedar alguna vez por encima de Tximo, cuando al cabo de un tiempo, sintió que le estaban observando.

Se volvió con disimulo, como para coger otra bola con la que hacer un nuevo pleno, y observó que era una chica preciosa. Una morena de 1.70, con labios carnosos y curvas peligrosas. Le sonrió. Rob no estaba acostumbrado a gustar a nadie, aunque con el paso del tiempo si que aprendió a vencer esa timidez, lo que le valió, después del tiro, acercarse a hablar con ella.

Enseguida se sentaron juntos mientras tomaban un refresco. Ella se llamaba Jaddy, una argentina preciosa que no tardó en embelesar al joven Rob. Era ligeramente mayor que él, tendría unos 26 años. Después de un intercambio bonito de frases moduladas como nunca Rob había hecho antes, quedaron en verse al día siguiente.

Rob se puso lo más elegante que el fuerte calor que hacía le permitió. Cuando el reloj marcaba la hora a la que había quedado con Jaddy, en un céntrico bar de Salamanca, sonó el teléfono.

 

(...Continuará)