Aquella casa tenia algo especial, algo que la hacia más llamativa que las otras que había visitado. No sabría decir por que me decidí por ella. Sus amplios ventanales, con vistas a la montaña, el hecho de ser la única casa en varios kilómetros a la redonda, por aquellos días buscaba soledad, o quizás el tejado a dos aguas o el carácter rústico que inundaba cada habitación.

Una vez realizado el traspaso de las escrituras de la casa, procedí a realizar el traslado. Por fin una casa para mí, y solo para mí. Un lugar en el que al final podría descansar y alejarme de ella. Ella que había sido todo para mí, el motor de mi vida se había ido, abandonándome en un mar de desesperación.

Pero no iba a darme por vencido. No aun no. Empezaría una nueva vida alejado de todo. Además así podría dedicarme a mi novela. Tendría el tiempo suficiente para poder dar rienda a una amplia gama de ideas que ahora por fin brotarían libres de la venda de un amor engañoso. Libre de todo recuerdo ahora olvidado.

Sin embargo, aquella casa ocultaba un gran secreto. Mis vecinos más cercanos a 5 kilómetros ya me advirtieron, pero no les hice caso. Ya la primera noche escuche una serie de ruidos en la casa, sin embargo no les di mayor importancia. En mitad del campo y de noche es normal oír los ruidos de los animales nocturnos. Al día siguiente por la mañana, me invadió una sensación extraña, me sentía vigilado, como si alguien estuviera pendiente de todos mis movimientos, incluso del más sutil. Ese sentimiento, me llevo a hacer una nueva visita a mis vecinos, preguntándoles por la historia de la vieja casa.

Resulto que durante la guerra, la casa sirvió de refugio a un comando anarquista, que huía de las tropas nacionales. Apenas sin víveres ni municiones se vieron sorprendidos por los nacionales. Sin embargo algo ocurrió en la casa. Los soldados leales al alzamiento que estaban sitiando la casa empezaron a oír gritos y algún que otro disparo en su interior, para luego dar paso a un silencio sepulcral. Se rumorea que en el interior de la casa, en sus paredes habitaba un mal atemporal y olvidado y que los anarquistas despertaron. La explicación oficial por su puesto no fue esa., en algún momento del sitio, se produjo una discusión entre los milicianos que les llevo al enfrentamiento entre ellos.

Así volví de vuelta a la casa pensando en que podría haberles ocurrido realmente, y a que se referiría el anciano campesino con aquello del mal atemporal. Al llegar a casa arranque el papel de las paredes y pude ver aun hoy las marcas de las balas en las paredes. Y fue al levantar un tablón que parecía mas hundido, cuando encontré unas escaleras que descendían a un sótano.

Busque una linterna, pues dentro estaba realmente oscuro, y descendí. El sótano estaba excavado en el suelo, entre los cimientos de la casa, y tanto las paredes como el suelo eran de tierra. De pronto sentí como algo me tocaba la cara. Era un roce frío pero suave a la vez. Me gire sobresaltado y vi en un rincón la figura de una mujer adolescente, resplandeciente y traslucida a la vez, y sin embargo hermosa. La mujer descansaba sentada sobre sus rodillas al lado de un baúl. Parecía sostener algo en sus manos. No pude ver bien. Pero parecía una muñeca. Ella se giro y me hablo en una voz que casi parecía un susurro. “Te sentí llegar, todos te sentimos, has venido a ayudarnos??”

En ese instante pude ver detrás de ella a cinco hombres armados, igualmente traslucidos y pálidos. No vi mas pues me desmayé.
 

No puedo determinar el tiempo que paso hasta que recuperé la conciencia. Pero al abrir los ojos me encontraba solo en el oscuro sótano. Subí rápidamente las escaleras buscando a la mujer y a los soldados. Nadie. Sin embargo nuevamente me sentía observado. La angustia y el miedo me invadieron. Salí de la casa corriendo. Era de noche, la luna estaba en su punto más álgido ligeramente teñida de un resplandor rojizo. En el cielo despejado, las estrellas brillaban con fuerza. Me tranquilicé, lo más probable fuera que la absurda historia de mi viejo vecino unida a la soledad que atravesaba, y en cierto modo tanto ansiaba, forzaran mi imaginación hasta tal punto. Volví a entrar, presuroso de llegar a mi dormitorio y me acosté.

No pude conciliar el sueño esa noche, ya que los ruidos que la noche anterior achacaba a las bestias nocturnas, se hicieron más intensos esa noche. Con claridad pude escuchar gritos y disparos en el interior de mi hogar. Pero permanecí en el refugio de mi colchón.

Los ruidos cesaron con la llegada del amanecer. Me dispuse a darme un baño relajante. Cada vez me sentía mejor, el agua relajaba mis tensos músculos, recorría cada centímetro de mi piel como si se tratase de un elixir revitalizador. Hasta tal punto que me caí dormido en la bañera.

Entonces la volví a ver, ahí estaba ella, vestida de blanco inmaculado, con su pelo negro cayendo sobre sus blancos hombros. Ella me miraba con unos dulces ojos color cielo, mientras que sus carnosos labios llamaban a la lujuria. De pronto una puerta se abre y entra un anciano, tiene en la mano un palo. Ella se vuelve asustada, le grita “No padre, no. No es lo que crees. No ha pasado nada... “ Él avanza hacia ella, sus ojos proyectan ira, una cólera tremenda y empieza a darla golpes. “ Tu furcia, ramera has deshonrado a la familia” Ella intenta protegerse de los violentos golpes, sus movimientos se van haciendo más lentos hasta que por fin yace inmóvil en el suelo. Tras esto yo me despierto. El baño relajante ha dejado de serlo, empapado mitad en agua y mitad en sudor salgo de la bañera y me seco con la toalla. Oigo una voz, es ella de nuevo:” Tu nos ayudaras? El nos mato y no descansaremos si no nos ayudas” Ahora incluso la veo como un reflejo en espejo. Sus ojos muestran miedo, pero también esperanza. Una vana esperanza en mi ayuda. Ayuda que no sabia como proporcionar si bien deseaba ofrecer.

Una vez vestido, volví a bajar al sótano, no sin antes armarme con un cuchillo de la cocina. Allí estaba el vacío y negro sótano, con el baúl en la esquina. Abrí el baúl y dentro encontré un montón de huesos y polvo. Entre los huesos la mitad de ellos convertidos en polvo por el paso de los años. Movido por una fuerza inexplicable, saqué el baúl del sótano con gran dificultad y lo cargue en mi coche. No sabia realmente si estaba haciendo lo correcto.

Conduje hasta la iglesia más cercana y llamé a la puerta con insistencia, intentando llamar la atención del párroco. Al cabo de un rato, éste salió y preguntándome cual era el motivo de mi visita, le comente mi hallazgo no sin ocultar ciertos detalles que me hubieran hecho quedar como un lunático. El sacerdote prometió hacerse cargo de los restos para garantizar su cristiana sepultura. Y lo hizo sumamente rápido, esa misma tarde. El funeral y el entierro fueron breves. Los restos fueron enterrados y una sensación de tristeza y sin embargo alegría inundó mi corazón. Sentí que había hecho lo correcto. Por un momento me pareció ver el rostro de aquella mujer mirándome desde el cielo, y escuchar una voz en el viento susurrarme al oído “Gracias.Muchas gracias “...