Hasta que la muerte os separe. Palabras que suenan como el principio de una fiesta, en la que no llegas a pensar que puede que lleguen a verse un día en su más puro significado, y ahora, lo que pasa ahora no en ninguna fiesta.

Me acostumbre a su presencia, a su calor corporal, a las miradas en el salón, a su orden de las cosas, a sus ruegos y caprichos, a sus mentiras y verdades. Pero ya no esta, al fin la muerte como caprichosa ejecutora la apartó de mi lado para dejarme solo y desdichado, recordando en breves instantes todo lo que vivimos juntos y todo lo que nos perdimos a veces por no sentarnos a conversar.

Recuerdo el día en que la conocí. Benditos momentos en los que el destino me llevó a su regazo y ella al mío. La primera vez que la vi fue de pasada, breves instantes que fueron suficientes para comprender que era la mujer de mi vida. Pasó de largo pero sé que me miró, tan intensamente como mi mirada se dirigió hacia ella. Su largo pelo rubio que enjuagaba mis ojos, y los suyos que no necesitan enjuague alguno, ya que eran claros como el resplandor de la luna llena en la más oscura noche, se fijaron en mi cara para que pudiera pensar que debía conocerla sin demora.

Y eso sucedió. Alguien cercano a mi tenia amistad con ella y me comentó el lugar donde trabajaba. Desde ese momento no dejo de verla día tras día con la esperanza de no perderme detalle de su cuerpo, hasta que por fin nos presentaron. Aquel mágico momento se alargó años luz en el instante en que sus labios rozaron mi mejilla y pensé en la soledad que me envolvió para hacerme disfrutar como jamás lo había hecho hasta ese momento.

Comenzamos a salir juntos rodeados de mas gente, lo que permitió que forjásemos amistad falsa, ya que, con una divina presencia semejante la amistad es un segundo plato que ya no estaba dispuesto a saborear. Un día quedamos solos para tomar café y charlar vanamente de la realidad que nos rodeaba, y yo dispuesto a formar parte de su vida de una manera más profunda y sentimental, me decidí a decirla lo que sentía cuando, cual fue la mas maravillosa de las sorpresas, que ella no me dejo terminar, y sin pensarlo me lanzó un beso que hizo temblar los pilares que sujetan mi voluntad para entregarme a ella y devolverle el beso que me dio, empequeñecido ante la situación de no estar a su altura.

Desde ese radiante momento mi vida se volvió plena, y seguimos viéndonos a solas, escondiéndonos del mundo que teníamos en común y que nos rodeaba acechante ante cualquier error que pudiésemos cometer, para hacérnosla pagar por no saber realizar los sentimientos de modos más constructivos. Decidimos marcharnos un día, para tomarnos unas pequeñas y merecidas vacaciones en afán de descansar y de conocernos mejor, aun teniendo la sensación de que me conocía mejor que yo mismo. En una pequeña y confortable casita, apartada del estrés y del mundanal ruido de la rutina, calló una maravillosa noche, y bajo la luz de todas las estrellas que podían alcanzar mis ojos, ella se entregó a mí, y sobre un fresco césped hicimos el amor de la forma más romántica que jamás halla existido hasta fundirnos y fusionar mi cuerpo con el suyo.


Cuando regresamos del planeta de los sueños todos aquellos que nos rodeaban sabían lo que ella y yo teníamos en común. Las cosas comenzaron a cambiar, hasta que los celos y las malas compañías la apartaron de mi lado. Lloré ríos de lágrimas por no haber sido lo suficientemente fuerte como para agarrarla y retenerla a mi lado, y en esta oscuridad perpetua el tiempo fue pasando. Me encontraba ya al borde de la desesperación, cuando un día en que paseaba mi desgracia por las calles oí su voz pronunciar mi nombre.

Me di la vuelta para cerciorarme de que era ella, ya que tantas y tantas veces la había oído llamarme en mi cabeza, y allí estaba, temblorosa y llorando, intentando disculparse conmigo por todo el mal que yo había causado, por lo que no la dejé y la abracé, y fundidos en el abrazo le invité a pasar el resto de su vida conmigo. Con un extraño brillo en sus ojos grises me dijo el sí más rotundo que había oído en mi vida. Cuando ya no cabía mas felicidad en mi vida el cura pronunció las palabras “hasta que la muerte os separe”, y comenzó la gran fiesta. Pero para regocijo de algunos resentidos, aquella fiesta no termino para ella, ya que por caprichos del destino resbalo bailando, y cayo desnucándose contra una infernal mesa.

Y hoy día después de su entierro, aun no he parado de llorar y he decidido que la muerte no nos puede separar y lo que no podré disfrutar en vida lo haré con ella en la muerte, por lo que cuando lean este pensamiento ya habré terminado con mi vida y me encontraran disfrutando de ella eternamente.