Ositos de goma, piruletas, nubes, regalices, caramelos duros, caramelos blandos, con azúcar, sin azúcar, con vitaminas, sin ellas…sólo con pensarlo “me se  sube la asuca”. Seguro que tanto mayores como pequeños, grandes golosos y no tan grandes tenéis la babilla escurriendo por la altura de las rodillas sólo de pensarlo. Es difícil resistirse a la tentación. Los colores, las formas, los olores, una fresa sonriente guiñándonos un ojo desde el segundo estante a nuestra derecha, haciéndole la competencia a las sombrillas de chocolate y a los Chimos. Que ardua tarea la de decidirse….fácil, ataca y hazte con una muestra de cada para no dañar los sentimientos de las piruletas, las sombrillas, los chicles pica-pica  y los labios protuberantes deseosos de fundirse en tu boca y no en tu labios…esto me suena, ¡ah caray! ya sé, algo parecido decían de  esos caramelos guiris que intentaron acabar con nuestros patrióticos Lacasitos. Pero no, sin duda el mejor invento fueron los chicles sin azúcar con sabores desde el clásico menta hasta el gusto cola sin coca por delante, aunque he de reconocer que los famosos chicles en barra de sandia siguen siendo insuperables, tanto en sabor como en la cantidad de sarro que se acumula en los dientes durante en su engullimiento. Que placer, que placer, “a nadie le amarga un dulce” dijo alguien utilizando media neurona, pero gran verdad.

 

Nuestras pueriles propinas del domingo por la tarde invertidas en gramos de azúcar, acidulantes, gelatinas, aromas y los misteriosos “otros azucares”, de kiosco en kiosco y tiro porque me toca, te cambio una mora roja por una negra y además como era la que quedaba me debes un Sugus de cereza extra. Que pocos escrúpulos teníamos cuando salía la kioskera a atendernos y nos servia de mano a mano sin medios profilácticos por el medio. Mas cochinos éramos nosotros que después de jugar a hacer castillos de arena, a pesar de tener una fuente de chorro a presión en el parque, no nos lavábamos las manitas por miedo a salpicarnos nuestra “pulcra” vestimenta. Pequeños hipócritas, ansiosos y vagos. La goma blanda comestible es vuestra perdición. Una vez más, lo prohibido es lo más emocionante, porque si no era antes era después de la merienda, de la  comida o de la cena, pecado capital pues luego las lentejas nos las comíamos a bocajarro o lo que era aún peor, se trasladaban a la cena…o incluso al día siguiente, nos perseguían sin pudor ni consideración alguna. Todos evitamos lo que nos causa dolor, ¿no?. Las lentejas no mordían pero su textura nada tenía que ver con la de los gusanitos de maíz de la hora del recreo, sustituidos por el medio bocadillo que cedíamos al pozo sin fondo de la clase. “¡¡¡Luego no comes!!!” gritaba y creo, sigue gritando alguna que otra vez mamá. Si ella no te permitía la dosis que ansiabas, siempre estaba papá rindiéndose de camino a casa obsequiándote con 5 pelillas para darte el homenaje antes del cocido. ¿La culpa?, de los “otros azucares”, fijo. Aún recuerdo a la monitora de gimnasia rítmica, a la que casi sacan un ojo con una maza, pobre- reprendiendo a las de 8º curso cuando comían chucherías durante el entrenamiento, “luego os quejáis de la celulitis”, les decía. Yo que por aquella aún no dominaba el espagar…menos sabía lo que era eso de la dichosa celulitis. ¡Que tiempos aquellos! La caries, la amenaza del dentista, los caramelos blandos incrustados en las molares, las lenguas rojas, verdes o azules, los dedos teñidos de colorante, los Monchitos, Panchitos, Triskis, la jeta sonriente de Risi, las pulseras, pendientes y collares comestibles, las Picotas, Peta Zetas, los cromos, las pegatinas, las calcomanías, los tazos…se podría hacer un museo con todo.

 

Los tiempos cambian: los precios suben. Las gominotas no se iban a quedar atrás, no. Con lo que antes te trincabas diez piezas de la más exquisita pastilla de goma, ahora, ya te puedes saciar con la mitad. Si quieres degustar unos caramelos jamás vistos y probados tendrás que pagar más de lo que vale la parte comestible mientras te meten un yoyo de los Simpson o Las Super Nenas, mis muy queridas nenas…¡no es justo!. Reivindico desde estas malogradas líneas un poco de nostalgia y cambio para lo banal y casi absurdo: ¿Por qué un huevo Kinder con tan poco chocolate es tan caro y encima acumulas juguetes y juguetes repes? ¡caracoles!. Oh no…esto ya lo escribí. Disculpen las molestias.