Cuando Lola llegó a la estación, comunicaron por la megafonía que el tren que ella estaba esperando tardaría todavía una hora y media en llegar. Buscó un asiento libre y después de comprarse un paquete de galletas se sentó en el asiento que había encontrado dispuesta a comérselo para que la espera le resultase algo mas amena.

No había comenzado a comerse sus galletas cuando se acordó de que tenía que hacer una llamada de teléfono, con lo que se levantó y buscó una cabina. Al terminar de hablar volvió a su provisional asiento y allí descubrió a una joven de aspecto extraño sentado en el banco comiéndose el paquete de galletas.

Lola enfurecida se sentó a su lado, cogió una de las galletas se la enseñó al joven y se la comió. El joven sonriente hizo lo mismo a su vez, cogió una de las galletas y mostrándosela comenzó a sonreír y se la comió, Lola cada vez mas enfadada volvió a coger otra galleta y enseñándosela de nuevo al joven se la metió en la boca y de nuevo se comió la galleta.

De esta forma el joven cada vez mas sonriente cogió otra galleta, se la enseñó y se la comió. El paquete de galletas, de esta forma cada vez estaba mas vacío, Lola cada vez estaba mas enfadada, y el joven estaba cada vez mas sonriente hasta que por fin el paquete de galletas se terminó.

Por la megafonía de la estación anunciaron que el tren de Lola estaba parado en el andén, con lo que se levantó y se metió en el tren. Por la ventana cuando el tren comenzaba a marchar, Lola vio como el joven con un gesto amable se despedía de ella y Lola totalmente fuera de sus casillas pensó para sus adentros que la juventud de hoy en día no tenía ningún respeto hacia nadie, y no sabía hasta que punto eran capaces de llegar.

El revisor pasó por delante de Lola y la pidió el billete de embarque, cuando ella abrió su bolso, y cual fue su sorpresa al descubrir junto a su billete, su intacto paquete de galletas.