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    (by ErDavi)


    Desperté entre mis sabanas encharcadas, con una profunda sensación de intranquilidad. Asustado por un sueño que podría tener grandes dosis de realidad, alcé mi tronco intentando divisar algo que me tranquilizase, nada de nada, seguía acongojado.

    El tic-tac del dichoso reloj, que mi suegra se empeño en regalarnos por nuestro aniversario, amartillando mi mente, pero es que Melisa lo tenía un cariño especial y ahora que la muerte me la había arrebatado no podía deshacerme de él.

    La puerta estaba entre abierta y dejaba entrever sombras sospechosamente inmóviles que me contemplaban con miedo, como si yo fuese un ser maligno. Junto a mí el recuerdo imborrable de la ausencia de mi mujer recordándome con cruel puede ser la vida. Pero sobre todo, las imágenes de la pesadilla que acaba de tener, se cruzaban rápidamente provocándome una terrible sensación de culpabilidad.

    Me levanté cansado por el sobre esfuerzo y avancé con mis bóxer, medió raídos por el uso, hacía la cocina. Mi frigorífico, vacío de vida, sólo alberga una botella de leche amarillenta, la cual me recordaba mi lamentable situación. Tres meses de baja y todavía no había podido superarlo, me refugiaba en mis recuerdos, los cuales revivía entre llantos y una amarga sensación de vacío.

    Nada tenía sentido ya, para que vivir cuando tú corazón esta muerto, cuando no hay ilusiones por las que luchar. Cuan dulce sería la muerte, pero que difícil es quitarse la vida. Ya lo había pensando e intentando vanamente, quitarme del medio. Desaparecer, reunirme con quien era mi destino, con mi Melisa, con mi dulce y anhelada mujer.

    Una fuerza quebradiza y casi desvanecida intentaba satisfacer mi hambre, me incitaba a bajar a la tienda y abandonar mi morada, pero el poder del desánimo era mucho mayor, así que acudí a mi sofá, antes nuestro, donde tantas horas de complicidad compartimos. Encendí la tele y un ruido ensordecedor mostró la realidad de mi vida, un conjunto de puntos blancos y negros que luchan por algo. A saber el que.


    Sobre la tele nuestra foto de boda. Mis ojos se llenaron de una soledad devastadora y mi corazón oprimido lloraba tu falta. No podía levantar cabeza y es que ya nada tiene sentido. Me sentía como un coche sin ruedas, sin rumbo, sin horizonte al que llegar, vacío, desgraciado, sin rama de barranco a la que agarrarme, sin ti, sobre todo sin ti.

    Si hay algo después de la muerte, ven y avísame. Necesito fuerzas, fuerzas para acabar con todo esto. No hay nada, no hay nada sin ti. ¿Dónde están aquellas tardes de domingo que pasábamos tirados sobre la cama amándonos, devorándonos? ¿Dónde quedaran esas comidas amenizadas por las conversaciones que mantenían nuestras miradas? ¿Dónde estarán las noches que ardías entre mis brazos mientras veíamos una película, o simplemente escuchábamos algo de música?


    Ahora lo único que puedo hacer es morir de pena reviviendo el calor de tu abrazo mientras siento el frío de mi destierro como ser humano. Nada tiene sentido ya, nada.

    ¡Dios, si es verdad que existes dame fuerzas para desprenderme de tu regalo, ya no lo quiero! Déjame ir a tu lado, al lado de mi Melisa.