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  • Batalla de Gallos
  • Round 1 - Nowhere girl

    El taxi paró justo enfrente del Madison Square Garden. Verónica miró por última vez el trozo de papel arrugado que escondía en el puño cerrado. La tinta empezaba a correrse por el sudor y ya apenas podían distinguirse las letras. "West 32nd Street". Aquí era.


    El hombre señaló el taxímetro sin apenas volver la cara, agarró el dinero y bajó la cabeza mientras contaba las pequeñas monedas y estiraba los billetes arrugados.
    Verónica salió a duras penas del coche, intentando no soltar ninguno de los enseres que llevaba consigo. Se quedó de pie unos segundos, esperando en vano que el rollizo taxista se dignara a sacarle las maletas, mientras admiraba el tremendo coliseo que se alzaba frente a ella. Finalmente, la joven abrió el maletero intentando evitar que el bolso resbalase por su brazo y el paraguas quedase enganchado en el paragolpes, tiró de los dos fardos y volvió a cerrar, segundos antes de que el coche arrancase para perderse al final de la larga calle.


    Cargó las maletas y se dirigió a la entrada del hotel. Desde el mostrador, un pequeño y risueño hombre trajeado le daba la bienvenida.
    - Habitación 315. El ascensor está al final del pasillo- Verónica comprobó con orgullo que su inglés no estaba tan oxidado como ella temía. Quizá no fuese tan dificil hacerse entender en la Gran Manzana, después de todo.


    Tan pronto como llegó a la habitación, colocó el portatil encima de la mesa y buscó entre los documentos que tenía guardados el e-mail que el profesor le había enviado dos semanas antes. Tras tres años sin tener noticias de aquel hombre, de repente ese extraño mensaje.


    Verónica había estudiado Bellas Artes en la facultad de Granada, y, aunque, a pesar de sus buenas notas, había pasado siempre desapercibida en la mayoría de las asignaturas, había destacado notablemente en las clases de fotografía del profesor Bewick. Desde el día en que el profesor pidió a sus alumnos que trajesen a clase fotos en las que se mostrase su propia visión del mundo, y vió el trabajo de Verónica, el hombre fijó, primero sus ojos, y más tarde sus esperanzas, en el potencial de aquella chica tímida que escondía sus ojos claros detrás de unas antiguas gafas de pasta.
    Releyó el mensaje hasta que comenzaron a escocerle los ojos, tratando de averiguar la intención que ocultaba. Sofía tenía la impresión de haber pasado por el mundo los veinticinco años de su vida sin haber hecho ningún tipo de ruido, sin haber sentido lo suficiente, y aunque por todos los poros de su cuerpo rezumaba ansias de hacerlo, siempre se topaba con aquella esquinita de su caracter que la obligaba a tomar el camino más seguro.


    Sin embargo estaba allí. Había cruzado el océano siguiendo las escuetas indicaciones de un hombre del que no sabía nada desde hacía años. Un simple aunque extraño mensaje, una dirección, una fecha y una hora de encuentro la habían bastado para dejar todo aquello que, aunque no le llenaba, le aportaba toda esa seguridad que siempre había buscado.
    Eso tenía que significar algo. Quizá en un descuido todos sus miedos se habían colado por alguna alcantarilla cualquier día de lluvia, y surgía en ella una nueva oportunidad de aprovechar la vida.