Round 1 - Er Davi
Era mayo de 2008, José necesitaba un cambio en su vida, estaba absorto en una rutina insoportable y no encontraba sentido alguno a su existencia. Sin amigos y enemigos, con los que discutir o compartir. Un día decidió que era hora de ser alguien. Se consideraba ya suficientemente leído y tenía un dinero ahorrado, por lo que era hora de intentar culminar su sueño gran sueño.
Desprendiéndose de su etiqueta de fracasado se había decidido a escribir un libro, ya que lo de la naturaleza no le iba, por el tema de lo del pino, y como que lo de tener un niño no era una opción, ya que no tenía con quien.
Como todo escritor necesitaba un lugar donde dejar volar su mente y no se le ocurrió otro mejor que la isla de Mikonos, que debía su nombre al hijo de Apolo, Dios protector que representa la armonía, el orden y la razón.
El tema, el de siempre, el amor, l’amour, the love, die liebe. Es curioso cuando menos conoces el amor más ganas tienes de hablar sobre este.
José se levantó en la compañía de su más apreciada amiga, y enemiga a la vez, la soledad. Esa sensación que cuando no la tienes necesitas y cuando la encuentras la desprecias.
El hotel en que se alojaba estaba situado en el centro de Mykonos Town. Era acogedor, tenía una habitación bastante amplia, con una cama inmensa cubierta por una colcha en tonos azulados, cojines de seda color lila, muebles blanquecinos, con mil puertas de cristales ámbar y mar y paredes blancas carentes de elemento de decoración alguno, pero llenas de tranquilidad, de una tranquilidad dulce y acogedora.
Una vez desayunó con puntualidad meridiana como cada mañana de su existencia, se dispuso a recorrer parte de los 85 km cuadrados de esta cosmopolita isla. Marchó en busca de inspiración en la armonía de sus blancos paisajes, sus playas, sus molinos y su afable pelícano Petros.
Callejeando por una de las tantas calles con un precioso empedrado cubierto de yeso divisó una tienda de Bike`s, donde alquiló una y se puso a pitar como un niño por las calles de la ciudad. Se dejo envolver por una arquitectura sencilla y armoniosa y cuando el estomago empezó a protestar se paró a tomar un delicioso canapé de kopanisti.
La soledad se convirtió en una compañera menos molesta ya que el ambiente bullicioso del pueblo no le hacía parecer un ente solitario. En tan paradisíaco escenario la inspiración no tardaría en llegar a nuestro lúgubre viajero.
En forma de Dios apareció en su vida Patrick de la Fontaine, camarero y relaciones públicas de Poseidón Club. Por muy típico que pueda sonar, la forma en que lo conoció fue totalmente casual. Se disponía a regresar al hotel cuando un capricho infantil le hizo darse la vuelta, tres manzanas atrás, donde la Cani tenía un kiosco con piruletas enormes y llenas de colores.
Camino del hotel muerto de la vergüenza y del gusto, esté se topo en su vida, en forma de imponente escultura animada. Su corazón se quedó gélido en un tris y cuando se quiso dar cuenta la piruleta multicolor era la que le chupaba a él.
Patrick de la Fontaine tenía un cabello castaño largo y ondulado, facciones pronunciadas bañadas en bronce y un tipo digno de entrar a formar parte de la mitología del lugar. Sus palabras deslizabanse a través de sus carnosos labios cuales cantos de sirena, acariciando los oídos de nuestro pequeño escritor. Su naturaleza tímida trababa sus palabras, pero Patrick no parecía darle importancia, tal vez por la confianza en si mismo que desprendía en cada movimiento vigoroso y dulce que realizaba su perfecta arquitectura, que sabía provocaba estragos en la ciudadanía de a pie.
José estaba perdido, lo sabía, y es que cuando descubres el tesoro del mapa que habías trazado por paradójico que suene, estas perdido. No hay vuelta de hoja, sabes que ya no hay más. Puedes intentar engañarte, escudándote en nimicies para no afrontar tu miedo de no estar a la altura. De no ser suficiente. Si para una persona normal resulta difícil creer que de la noche a la mañana va a pasar de no ser nadie a ser un Dios, imaginaros para nuestro pobre José. Se nos muere.
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