Batalla II – Round 3 – Nowhere girl

Round 3 – Nowhere girl

Verónica echó a correr de nuevo. Sentía en la boca un horrible sabor a traición por haber dejado al profesor Bewick tirado en el suelo, sin haberse asegurado de si estaba vivo o muerto y de si aún podía haber echo algo por él, pero el miedo no le permitía mirar hacia atrás. El dolor del brazo y una desconcertante sensación húmeda sobre la mano con la que se lo agarraba, le recordaba que una de las balas le había alcanzado, pero no se atrevía a mirar para comprobar el alcance de la herida.
Al cabo de unos minutos se dio cuenta de que corría sin rumbo, y de que tenía que decidir si la dirección más sensata era el hospital o una cabina en la que poder utilizar el nombre que le había dado Bewick. Finalmente, y a pesar de que el dolor empezaba a producir en ella una sensación de mareo constante, decidió, que si aquella gente había conseguido localizarles en aquel enorme y sombrío parque, no les resultaría muy difícil encontrarla en un hospital cercano.
Miró a ambos lados de la calle. No parecía que nadie la estuviese siguiendo. Un bar nocturno con pequeñas luces de neón en la entrada llamó su atención. “Una guía” , pensó, “necesito una guía de teléfonos”. Cuando entró, un par de somnolientos cuarentones giraron la cabeza con apatía, pero enseguida volvieron a fijar su mirada en la jarra de cerveza que se calentaba en su mano.
Tras pedir un bien recibido Gin tonic, Verónica consiguió que el camarero le prestase una maltrecha guía de teléfonos, llena de unas extrañas manchas de las que la joven prefirió no saber la procedencia.
Al otro lado del teléfono se escuchó una voz grave de hombre que preguntaba, casi maldiciendo, quién interrumpía su sueño a esas horas de la noche. Verónica leyó el nombre apuntado en la ajada hoja azul. Esta vez no le preocupó tartamudear. Estaba demasiado ocupada intentando sujetarse al taburete, para no caer desplomada en aquel suelo pegajoso.
La voz titubeó unos segundos cuando la joven le comentó quien le había aconsejado que acudiese a él, pero no tardó en pedirle que no se moviese de allí, asegurándole que iría a buscarla en cuanto le fuese posible.
Media hora después, Verónica respiró al comprobar que un coche se detenía en la puerta y comenzaba a tocar el claxon. Si se hubiese parado a pensar como hasta ahora siempre había hecho, se hubiese percatado del peligro que ofrecía la situación. Al fin y al cabo no conocía a aquel hombre, y se estaba montando en su coche sin hacer pregunta alguna. Sin embargo el dolor que le atravesaba el brazo, y las ganas de abandonar el hedor de aquella taberna, despejaron todo halo de precaución.
Paul Swich no podía negar que era americano. Su cara había salido del molde de los que los productores de televisión estadounidenses sacan a los padres de familia que utilizan en sus series. Sin embargo ofrecía un pronunciado gesto de preocupación que le impedía parecer afable. Cuando llegaron a su apartamento, Verónica aún no conocía su voz fuera del teléfono.
Tras ofrecerle asiento y prepararle una taza de té, Paul le pidió que se quitase la chaqueta para poder examinarle el brazo. La bala la había rozado algunos centímetros por encima del codo, pero no se había quedado dentro, por lo que no sería necesario ir al hospital. Podían solucionarlo con un par de vendas y analgésicos. Verónica repitió para sí unas diez veces la palabra gracias, al tiempo que intentaba no sentirse realmente idiota por haberse creído morir unas horas antes.
Paul dejó a un lado la parquedad de sus palabras para contarle a la joven todos aquellos detalles de la escabrosa historia, que la premura de tiempo había impedido a Bewick confesarle.
Le explicó cómo después de varios meses habían logrado introducir a alguien implicado, de forma bastante discreta para la dificultad que el hecho entrañaba, en la televisión nacional. La mayor complicación había residido en conseguir que esa persona, estuviese lo bastante cerca como para introducir la información que querían difundir en un momento de la emisión de un programa de noticias. Tras conseguirlo, habían decidido esperar un tiempo para intentar divulgar la información, con el fin de no levantar sospechas. Pensaba que lo habían conseguido hasta esa noche, en la que el asesinato de Bewick había dejado claro que toda la operación estaba siendo descubierta, justo un día antes de la fecha que habían señalado para intentarlo, por lo que no tendrían más oportunidades. Si Bewick había confiado en ella él también lo haría.
Verónica no logró conciliar el sueño el resto de la noche. Las imágenes del cuerpo del profesor encharcado en sangre y el temor a fallarle al día siguiente lo impidieron.

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